Efecto “incumbente” en elecciones municipales (Parte I)

Por: Iván Morales (@ivancarrera)

Como alguna vez lo mencioné en la cuenta de Twitter de @politica_gt, apenas me aprobaran mi tesis de maestría, quería compartirla con ustedes, para difundir mi investigación y obtener retroalimentación. Así que lo prometido es deuda.

¿A qué me refiero por “efecto incumbente”? 
En la literatura de ciencia política (y en el marco de mi trabajo), un incumbente es una persona que ocupa un cargo público como resultado de haber sido votado en elecciones democráticas para ello. Luego el efecto de la incumbencia se refiere a la ventaja electoral que un incumbente tiene en la próxima elección por el solo hecho de ocupar un cargo público.

¿Por qué podría ser una ventaja el ser incumbente? 
Existen muchas razones posibles, por ejemplo, una persona en el poder tiene más cobertura mediática y por lo tanto goza de mayor reconocimiento público. También, el estar en el poder le permite a uno contar con recursos para impulsar obras públicas, brindar servicios, etc. que la gente valora políticamente. Finalmente, el incumbente podría malversar recursos públicos para movilizar a los votantes durante las elecciones a votar por él.

La literatura sobre los efectos de la incumbencia surge a principios de los años 70, principalmente en EE.UU., a partir de la observación de que los incumbentes en la Cámara de Representantes contaban con tasas de reelección muy altas. Ello era visto por algunos como el resultado de una desventaja en la competencia electoral, debido a los recursos y privilegios con los que cuenta alguien que ejerce un cargo público, en detrimento de otros competidores.

La estimación de un efecto incumbente es particularmente aplicable para el caso de las elecciones municipales en Guatemala, ya que de acuerdo a la legislación vigente, el haber sido elegido como alcalde en ocasiones previas, no constituye impedimento para optar a ejercer nuevamente el cargo.

Luego, el objetivo de mi trabajo trabajo se enfoca en responder la siguiente pregunta: ¿Es la incumbencia una ventaja para los políticos? Particularmente, ¿los recursos y privilegios que conllevan el ejercer la posición de alcalde incrementan la probabilidad de que éste sea reelecto si decide participar nuevamente en la próxima elección?

Ok, entonces suena fácil: comparemos los resultados electorales de las incumbentes, con los de otros candidatos para ver si existe una ventaja. ¿Que dicen los datos?

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En general vemos que las tasas de reelección son bastante bajas, en torno al 30%, y los que quedaron en segundo lugar en la elección pasada (candidatos runner-up) tienen posibilidades similares que los incumbentes de ganar la próxima elección.

Lastimosamente no es así de simple.

Una comparación estadística de los resultados electorales de incumbentes y no incumbentes, como la que acabamos de realizar, no dice necesariamente mucho sobre el hecho de que ser incumbente represente una ventaja electoral, es decir, no se puede establecer directamente un efecto causal de que ser incumbente implique una ventaja electoral en la siguiente elección.

Gran parte de la diferencia en las tasas de reelección puede deberse simplemente a un efecto de selección: los incumbentes son por definición aquellos políticos que fueron más exitosos en la elección pasada, ya que son los que fueron más hábiles en captar el voto ciudadano requerido para ser electos. Si lo que los hace más exitosos (por ejemplo, habilidad, carisma, u otras características particulares del individuo) es persistente en el tiempo, se espera que éstos tengan mayores probabilidades de ser reelectos si deciden participar en la siguiente elección.

Luego para resolver este problema y separar el efecto de la incumbencia, de otras posibles características de los candidatos, utilizo lo que en econometría se conoce como una regresión discontinua.

Ésta estrategia aprovecha la forma en que están diseñadas las elecciones municipales, es decir el sistema de mayoría relativa. Luego, en un escenario hipotético de dos candidatos, existe una regla de asignación de la incumbencia que dice que el candidato que obtuvo 50% de los votos + 1, es el ganador de la elección.

Luego, siempre y cuando se cumplan ciertos supuestos, yo puedo comparar los resultados promedio de los candidatos que perdieron por un pequeño margen de votos con los candidatos que ganaron con un pequeño margen de votos y decir que sus características son muy similares y únicamente difieren en una cosa: unos son incumbentes y los otros no.

Para ello tomo datos de todas las elecciones municipales desde 1999 hasta el 2007 y comparo lo que paso con cada uno de los candidatos en la elección siguiente. Particularmente me interesan las elecciones reñidas, donde la diferencia de votos con las que ganó el alcalde fue bastante estrecha.

Con ello, obtengo el siguiente efecto de la incumbencia:

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El eje horizontal representa el margen con el cual los candidatos ganaron o perdieron la elección pasada (t), mientras que el eje vertical representa la proporción de candidatos que ganaron la siguiente elección (t+1), dado el margen de votos que obtuvieron en la elección pasada.

Las observaciones más hacia la izquierda representan a candidatos que perdieron con un mayor margen de votos la elección pasada y como se observa, en promedio su probabilidad de ganar la siguiente elección es muy baja. Al contrario, las observaciones más hacia la derecha representan a candidatos que ganaron la elección pasada con un margen amplio y con ello su probabilidad de ganar la siguiente elección es considerablemente alta.

El efecto de la incumbencia lo podemos ver en el punto de corte centrado en cero. Los puntos a la derecha de ésta son los que ganaron la elección pasada y por lo tanto hoy son incumbentes; mientras que los puntos a la izquierda son los candidatos que perdieron la elección y por lo tanto constituyen el grupo de los no incumbentes.

Como vemos, existe una caída en los puntos justo a la derecha del punto de corte, lo cual nos dice que paradójicamente, lejos de ser una ventaja, la incumbencia es una desventaja electoral.

Particularmente, los resultados de las regresiones encuentran un incumbente tiene en promedio entre 13% y 18% menos de probabilidad que otros candidatos de ser electo en la próxima elección.

Éste resultado es contrastante con la idea inicial de que estar en el poder implica ventajas electorales y difiere de los resultados encontrados para EE.UU. donde los incumbentes tienen una alta tasa de reelección.

En la próxima parte seguiré explorando otros efectos de la incumbencia y particularmente las causas de un signo negativo.

Financiamiento de campaña

Por: Ivan Morales (@ivancarrera)

El día de ayer trascendió que el presidente Otto Pérez Molina viajó en un avión privado (perteneciente a la compañía Multi Inversiones) a la Cumbre de las Américas celebrada en Colombia la semana pasada, desatando con ello críticas en las redes sociales respecto al tema de financiamiento de campaña y los compromisos que un presidente adquiere con los financistas después de recibir esta clase de “favores”.

Fuente: Prensa Libre (2012).

Como ya se conoce, la Ley Electoral de Partidos Políticos requiere de una urgente mejora, para fortalecer las debilidades de nuestro sistema político y sobre todo transparentar el financiamiento de campaña que lleva a situaciones como esta.

Sin embargo, nos enfrentamos a un clásico problema de economía política, en el cual los que tienen el poder para reformar la ley (en este caso los diputados), se benefician del status quo y por lo tanto saldrían perdiendo de una eventual reforma. Por lo tanto no es de esperar en un futuro muy cercano que se apruebe una reforma, a menos que se aplique una seria presión por parte de la opinión pública en torno al tema (situación difícil, dada la tecnicidad de los puntos que deben reformarse).

Entonces, ¿qué alternativas quedan?

Me parece ilustrativo pensar en el problema del financiamiento de campaña (al igual que el de la democracia en general) como uno de agente-principal: En este caso, el principal es el financista y el agente es el candidato. Entonces, como no existe contrato alguno que obligue al candidato a responder a las demandas del principal una vez este fue electo, la relación entre el que paga y el que manda no es tan directa, porque siempre existe un incentivo del agente a actuar en su propio interés y no el del principal.

Muchas veces pensamos en la política como algo blanco-negro: por ejemplo “la oligarquía controla al presidente porque le pagaron la campaña”, sin embargo en la práctica existen muchos tonos de gris entre medio.

Luego, si no existe reforma política, la alternativa pasa por generar mayor competencia en el mercado de financiamiento político. Entre mayor sea el número de fuentes de financiamiento distintas existentes, más difusa se vuelve la dependencia de los políticos respecto a una misma fuente de financiamiento.

Esto está sucediendo en Guatemala, en mayor o menor medida, con el surgimiento del capital “emergente” de provincia que en cierta medida ha brindado un poder a políticos de provincia en el Congreso, que ha sido un contrapeso a los tradicionales intereses capitalinos (tendencia que se ha venido marcando desde la administración pasada).

La idea es que como mencionaba Huntington: el poder político (al igual que la riqueza), no es algo estático, sino que puede generarse, y parte del surgimiento de nuevos sectores de poder viene apoyado por la generación de nuevas fuentes de financiamiento (y por ende de un crecimiento económico que genere más ganadores en la sociedad).

El objetivo final, no es llegar a la democracia, ese es un ideal; la idea es llegar a lo que Dahl denominaba: poliarquía; una democracia donde exista una distribución del poder más equitativa en la sociedad, y se generen contrapesos a la predominancia de un sector sobre el otro.