El mito del alcalde caudillo

Por: Iván Morales Carrera (@ivancarrera)*

Hace dos semanas tuve la gran oportunidad de presentar a un grupo de profesores y estudiantes de la UFM, una investigación que realicé sobre elecciones municipales en Guatemala y que acaba de ser publicada en una revista académica de economía.

Quizá lo más valioso del intercambio, fue la discusión que se generó a partir de los datos que muestran una realidad muy distinta a la imagen que se ha creado sobre las elecciones municipales. Nada mejor que la disonancia cognitiva para generar un buen debate.

Particularmente, llamó mucho la atención la siguiente gráfica:

Reeleccion
Fuente: Elaboración propia con datos del TSE.

Una simple mirada basta para desarmar esa narrativa que se ha creado (en los medios y aulas de clase), según la cual los alcaldes del país son grandes caudillos de sus respectivos municipios, que cuentan con un liderazgo absoluto el cual utilizan para mantenerse en el poder indefinidamente.

Lo que los datos muestran es más bien un sistema muy dinámico (inclusive caótico), donde una gran mayoría de alcaldes pierden su opción a reelección (70% en promedio), la cual es ganada por los perdedores de la elección pasada o inclusive nuevos candidatos que entran a competir.

Arnoldo Medrano, Tono Coro, Rubelio Recinos, todos son casos que resuenan mucho en los medios, pero que más que ser la norma, son la excepción.

Así que cuando alguien hace un llamado a limitar la reelección de alcaldes por ley, bastaría mostrarles la gráfica anterior para que vean que el mismo sistema de competencia electoral se está encargando de hacerlo por sí solo.

Los datos, junto a los resultados de la investigación, me permiten aventurar una hipótesis que creo bastante congruente para explicar las dinámicas electorales del país:

Las barreras de entrada a la política en el país son extremadamente bajas; en promedio ocho candidatos compiten en cada municipio, con algunos casos extremos de hasta 18 candidatos compitiendo simultáneamente en un distrito.

Esa ausencia de filtros del sistema (principalmente producto de partidos políticos débiles) permite la entrada de políticos de diferentes niveles de calidad, los cuales clasifico en dos categorías: alta y baja.

(El de calidad “alta”, es el que responde a la amenaza del voto y por ende a los intereses del electorado. Y el de calidad “baja”, es el que independientemente de lo que pase, llega al poder para beneficiarse a sí mismo).

A priori, es difícil para el votante diferenciar el tipo de cada candidato.

Dado que monitorear el desempeño del político en el poder es costoso (y realmente en Guatemala la política es una caja negra donde nadie realmente sabe lo que sucede), la estrategia óptima es simplemente ignorar su desempeño y escoger otro candidato en la siguiente elección. O lo que es lo mismo, existe un sesgo del votante en contra del político/partido de turno.

En este equilibrio que llamo de “expectativas pesimistas”, el votante simplemente asume que independientemente de quien llegue al poder, hará un mal trabajo, y la mejor estrategia es votar en contra de él (y su partido) cuando llegue la hora de las próximas elecciones.

Ello es consistente con lo que se ha visto en la política a todos los niveles (presidencial, congresional y municipal) desde la transición hacia la democracia a mediados de los ochentas, y que parece haberse agravado a partir de las elecciones del 2003.

La pregunta entonces es, ¿cómo se rompe este círculo vicioso? Aquí aventuro dos potenciales soluciones: por un lado el necesario fortalecimiento (y centralización) de los partidos políticos.

Que los partidos cumplan un rol de señalización ideológica para el votante y tengan capacidad de disciplinar a sus candidatos si estos incurren en corrupción (para evitar que la imagen del partido se vea manchada)

Por otro lado, de nuevo le soy optimista al recambio generacional. El que hoy por hoy el sistema cuente con tantos políticos de calidad “baja” es el resultado de muchos años de negligencia de las élites (y/o su desaparición forzosa durante el conflicto armado) hacia la política.

Es la apatía hacia el sistema el que ha permitido que malos candidatos copen los cargos públicos y revertir esa dinámica (vía participación directa) es necesario para que no sigamos operando bajo la misma lógica de siempre.

El punto de partida de cualquier discusión deben ser los datos, de lo contrario lo que tenemos son monólogos que discuten propuestas de cambio a una realidad imaginaria.

Los datos están (y hay muchos temas más que quedan por explorar aún), ahora queda en nosotros enriquecer esa discusión.


*Columna publicada originalmente en Plaza Pública.

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